jueves, 7 de marzo de 2013

Ruta de la Lana – 06 Los Almendros


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Realizada durante la mañana del 26 de febrero en compañía de mi hermano Pepe, montañero y senderista (por ese orden), que vino de Madrid para hacer conmigo tres rutas en dos días.
Como yo había hecho la Ruta del Almendro en Flor unos días antes, diseñamos una ruta alternativa sin apenas coincidencia con la anterior. Y he de decir que durante el trayecto quedé absolutamente sorprendido pues los parajes que recorrimos fueron de una belleza extraordinaria, en nada comparables con el realizado unos días antes en la Ruta del Almendro en Flor.


Estábamos en la Plaza de la Constitución de Garrovillas temprano. Plaza porticada, impresionante, magnífica no sólo por su tamaño, sino especialmente por su luz y su belleza. Es una lástima que sea tan poco conocida por los cacereños y por los que no lo son.




Imprescindible detenerse ante el Palacio de los Condes de Alba y Aliste (hoy hotel de 4 estrellas), así como acercarse al pozo que está en medio de la Plaza, que el día de nuestra visita tenía colocada una rejilla y una placa a nivel del suelo de la Plaza. Nos explicaron que la ponen porque cuando hay toros, la gente se mete dentro y que este año aún no la habían retirado.




Merece la pena contemplar las chimeneas de algunas de las casas y los arcos de piedra y de ladrillo que se encuentran al inicio de las calles Mendo y San Pedro.



Desde allí nos dirigimos hacia la Iglesia de San Pedro, que no pudimos visitar por dentro. En la corta calle de las Seis Rejas, que sale de la Iglesia, nos llama la atención la espadaña vecina a la Casa de los Templarios, con su nido de cigüeñas. Y también el fantástico balcón de esquina de la Casa, de finales del siglo XVI.





La calle termina donde se ubica el Convento de las Monjas Jerónimas, que merece la pena visitar aunque solo sea para comprar sus dulces y, entre ellos, los famosos “cagajones” de Garrovillas. Nosotros los compramos a la vuelta.


Allí mismo arrancan las calles Angosta y Valencia, por las que fuimos buscando la llamada Calleja del Altozano. En la Plaza de ese mismo nombre (del Altozano), fotografiamos el pozo, cuadrado y enrejillado a la altura del brocal, y en lugar de haber ido directamente a la Ermita de Cristo y de allí al Convento de San Francisco, me pareció mejor opción que mi hermano viera el enorme pozo redondo que yo había visitado unos días antes.


Por ello, bordeando las huertas que hay detrás del Convento y a través de una calleja que sube en pequeña cuesta, llena de rústico sabor y con portadas fechadas a finales del siglo XIX, fuimos primero a hacer esa visita.




El pozo, como a mí, le recordó los existentes en Ceclavín, el cacereño pueblo de nuestros padres, y que actualmente han desaparecido, tanto por “exigencias” del tráfico rodado moderno como por la poca conciencia de historia popular de algunas personas con responsabilidad municipal.



El Convento de San Francisco, o de San Antonio de Padua, fantástico. Es una lástima que la vergonzante desamortización de Mendizábal diera al traste con esta joya como con tantas otras por todo el territorio nacional, si haber servido más que para destruir riqueza arquitectónica y para enriquecer a los terratenientes que ya eran ricos. Y una pena que Garrovillas no pueda y las autoridades autonómicas o nacionales no quieran acometer la recuperación de este conjunto, que con un poco de esfuerzo sería un atractivo más y muy importante para la localidad.





Dejamos el Convento a nuestras espaldas tomando el camino que sube en dirección norte para encontrarnos 400 metros más allá un cruce identificable por una puerta de paso con tejadillo, donde los dos caminos se encuentran. Tomamos el de la derecha para ver enseguida un poste que nos anuncia la presencia de la antigua Mina del Matasanos, hoy abandonada, a la derecha del camino. Vamos a ver, ya desde ahora y en toda esta ruta, numerosos pozos de agua, la mayor parte de ellos en desuso, en casi todas las fincas.





Tras otros 800 metros, en otra encrucijada bien señalizada, tomaremos el camino de la derecha, en dirección a Mata de Alcántara. Este camino va descendiendo a la vez que describe una ligera curva a la izquierda. Justo en el sitio donde la curva cambia de sentido encontramos en el margen derecho del camino una roca con forma de seta de unos 4 metros de altura. En algún sitio he leído que antiguas historias cuentan que se trataba de un altar para realizar ofrendas a la deidades. Parece que los lugareños la llaman “La Peña del Bolsillo”, pues algunos le encuentran parecido a un gran bolsillo.





Pocos metros más allá otra bifurcación, ésta sin señalizar, nos posibilita tomar cualquiera de los dos caminos, pues ambos nos llevarán al mismo sitio. El de la izquierda es más corto. Nosotros optamos por el de la derecha, pues queríamos conocer lo mejor posible el entorno.


Entre fincas que en otro tiempo tuvieron paredes que las separaban del camino construidas, en buena medida, con rocas de cuarcita, encontramos almendros, aunque no en demasiada cantidad. Unos jamelgos y un burrito rompen su monotonía a nuestro paso y, a poco de cruzar el Arroyo de Ballesteros, llegamos a otra encrucijada bien señalizada, donde hemos de tomar el camino de la izquierda, de nuevo en dirección a Mata de Alcántara. En pocos minutos habremos enlazado con la alternativa de la que hablaba más atrás.





Es a partir del nuevo cruce de caminos, en el que tomaremos el bien señalizado de la derecha, de nuevo con dirección a Mata de Alcántara, cuando vamos a entrar en la que, a nuestro gusto, fue la parte más hermosa, con mucha diferencia, de la ruta.



Todo este paraje recibe el nombre de Valdepelayo. Ya desde este cruce vamos a empezar a ver los pinos piñoneros, característicos de toda esta zona. Y, estando a finales de febrero, la presencia siempre amable de las cigüeñas.



Nos encontraremos con una cancela y, a su derecha y en medio de la pared divisoria de la finca, una encina doble con un tronco a cada lado de la pared.



Hemos de cruzar la cancela, cuidando de dejarla bien cerrada y, una vez al otro lado, podemos optar por bajar la loma por nuestra izquierda siguiendo una vereda, dejando siempre una alambrada a esa misma mano, o continuar el camino que se va perdiendo poco a poco, pero que también nos lleva, tras una curva, a bajar la loma.



En cualquier caso vamos a encontrarnos con el Arroyo de Rehana que, al pasar nosotros, llevaba un buen caudal que pudimos, no obstante, cruzar sin ningún problema.



Justo al lado del lugar donde nos encontramos, a través de una cancela saldremos al camino por el que iniciaremos el regreso en dirección a Garrovillas. Es una pequeña subida con magníficos ejemplares de pinos a derecha e izquierda. Una charca sirve para abrevar el ganado que, al pasar nosotros, se protegía del sol bajo uno de los árboles sin perdernos de vista.



Enseguida vamos a encontrar la carretera CCV-113, por la que tendremos que caminar durante unos 300 metros, prestando especial cuidado a los coches, pues no habiendo apenas arcén, habremos de pisar asfalto.


Un cartel de Red Natura 2000 nos ofrece un plano y nos describe lo que se llaman “Pinares de Garrovillas”. Ese es el punto en que hemos de abandonar la carretera por un camino que sale a la derecha.


Nuevamente nos acompañarán pinos y grandes canchales de piedra. También vamos a empezar a ver vides, las primeras que se nos ofrecen a la vista.


Al llegar de nuevo a la misma carretera de antes podemos cruzarla para, por un camino que sale casi de frente, ir directamente hacia Garrovillas. Nosotros optamos por, tras caminar unos pocos metros por la carretera, tomar un camino que sale a la derecha y que lleva al paraje del Gallito, donde Garrovillas celebra, desde hace 13 años, la Fiesta del Almendro en Flor. Yo lo había conocido el domingo anterior y quería que mi hermano también lo visitara.


En cuanto se deja la carretera se comienza a ascender por el camino en dirección al Gallito. Veremos, en un árbol, la pintada de un cretino que no ha tenido otro entretenimiento que ensalzar símbolos de discordia. A continuación un pozo nos dirá que estamos llegando a nuestro destino.



Tras visitar el paraje, bajamos hasta la plataforma de hormigón donde se ponen los músicos a tocar el día de la fiesta y, por el camino que va por detrás de la misma, regresamos a Garrovillas, dando por concluida la ruta.

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